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Gratuidad

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Por: Soledad Concha

La pregunta que intento responder es qué es lo que está detrás de la demanda y de la negativa por una educación gratuita. Se debate en estos días que no sería justa la gratuidad porque significaría financiar a los ricos con los impuestos que pagan los pobres. Esta idea, me parece, no es más que un slogan. Una respuesta corporativa, una estrategia comunicacional inventada por el gobierno y que repiten de pronto todos sus representantes, tal como lo hicieron con la frase esa de que terminar con la educación particular subvencionada significaba dejar de sopetón a miles de niños sin colegio. Esa no es la razón de fondo, me parece; esa no es la fundamentación de por qué el gobierno no está dispuesto ni a hablar del tema. Hay más paño que cortar.

 Empecemos al revés. Qué piden los estudiantes y qué pide la ciudadanía que los apoya, cuando proponen un sistema educativo gratuito de calidad. No es únicamente una cuestión económica; no están hablando solamente de evitarse el pago de la educación. Tampoco, creo, hablan únicamente de un Estado que provea de las mínimas condiciones para la movilidad social a todos sus ciudadanos por igual. Lo que yo leo en las pancartas es una propuesta de diversidad de clase en las escuelas. Si el Estado provee de una educación pública de calidad y gratuita, entonces los ricos y los menos ricos podrán, tal vez, sentarse en la misma sala de clases. Si los colegios y los liceos públicos son los mejores y más encima son gratis, entonces son la opción preferida de ricos y pobres. Hablamos, entonces, nada más ni nada menos, que de cambiar Chile, porque hay que decir que si algo nos caracteriza son las diferencias de clase.

 ¿Quiénes estarían dispuestos a un cambio social de esta envergadura? Es difícil decirlo. Hay evidencias de que no solo los ricos prefieren mantener sus espacios protegidos y exclusivos. Hay muchos padres de grupos menos favorecidos económicamente que prefieren pagar por un colegio particular subvencionado con tal de que sus hijos no tengan que compartir con familias “diferentes” o “de otras costumbres” (elija usted el eufemismo que prefiera). Recuerdo un estudio de la Universidad Alberto Hurtado que indagaba por qué los padres no enviaban a sus hijos a los jardines infantiles gratuitos en que había invertido con ahínco el gobierno anterior. Los resultados, recuerdo, tenían que ver en buena medida con el esfuerzo de los padres por evitar “la mezcla”, por mantener las distancias, por diferenciarse de aquellas familias a quienes juzgaban por una razón u otra.

 ¿Estaría dispuesto este gobierno a una transformación de esta naturaleza? Transar en un punto como este, me parece, significaría ceder en alguna medida la posición de privilegio que han tenido históricamente las familias más acomodadas e igualarse con el resto de la población. No es poco pedirles. Después de todo, los privilegios son muchos y  de estas diferencias ha estado hecho Chile desde sus inicios. 

 Hablar de gratuidad significa, adicionalmente, desmantelar el negocio de la educación, cuestión que, está visto, el gobierno no está dispuesto a hacer. No por nada se han aferrado a las mismas medidas GANE desde el comienzo: más becas, o más créditos, para que todo el que quiera pueda ingresar al sistema, dejándolo intacto. Parece ser que lo que prima es una resistencia al cambio (ese que con tanta frecuencia sirve para slogan de campaña presidencial). En este caso, hay resistencia a cambiar el sistema educacional y la sociedad en la que vivimos tan cómodamente arrellanados desde que Chile es Chile. Con todo, no creo que sea privativa del gobierno esta necesidad de mantener la sociedad chilena tal cual está, dolorosamente atravesada por las diferencias de clase, de costumbres, de composición de las familias, de orientación sexual, de aspecto físico, de creencias, de “capacidades” y “discapacidades”.  Me pregunto cuántos en realidad prefieran quedarse tal cual estamos, antes que permitir que sus hijos compartan el banco con niños “diferentes”.